Superioridad Moral.

Aunque ya esta muy hablado lo que perdimos y lo que añoramos en esta oportunidad temporal, creo que poco se ha explorado de lo que ganamos (aunque sea brevemente), aquellas oportunidades que nos fueron dadas sin pedirlas y que se volvieron un regalo, un obsequio gratuito que pudimos tomar sin realmente haberlo pedido. El uso del cubrebocas, aquel nuevo artefacto que al principio despertó enconados debates de alto nivel profesional, pero que conforme fue pasando el tiempo y quedó claro que su uso era irrefutable, se acabó quedando como un elemento absolutamente necesario para la convivencia diaria. Muchos lo usamos desde el principio sabedores de que por leer la prensa internacional, era cuestión de días, incluso horas para que viéramos a poblaciones enteras tapadas hasta la nariz, lo sabíamos, teníamos el entendimiento de la situación porque conocíamos la historia del SARS y el MERS, no teníamos dudas de “por donde Iban los tiros”, pero mucha gente que en un principio no era aficionada a estos temas y tardó en entenderlos (por no decir los necios que aún siguen en su obcecación absurda), no lo usaba, tenían dudas y una gran cantidad de incógnitas, que se expresaban desde las más duras críticas que les daba la seguridad de su ignorancia, hasta las actitudes más simples de expectación infantil. Algunos ni siquiera sabían de qué “iba la cosa” pero no se atrevían a preguntar. Recuerdo que en un primer momento fui un gran entusiasta incluso del uso de careta y guantes, me sentía profundamente superior a todos los demás porque en sus dudas, incredulidad y a veces franco rechazo, encontraba la fuerza de saberme adelantado a las circunstancias. La evocación de ser el primer caballero que toma una espada para enfrentar al monstruo que viene fue un gran regalo que obtuve casi solo por el hecho ser observador, fue el triunfo para quienes pasamos horas viendo noticias y que solemos preguntarnos si acaso ¿no deberíamos hacer algo mejor con nuestras vidas?, fue el autoreconocimiento de que pasar mucho tiempo frente al monitor de una computadora no era una mala idea, y ni hablar de recibir las “notas correctas” porque el algoritmo del celular te manda lo que más frecuentemente vez. Validaba por fin un consumo multimedia que ha nadie importa realmente pero que por fin sería útil para la sociedad, aunque esa sociedad sea solo el entorno inmediato. Aun hoy en día (y por lo visto por al menos un año mas) pasar por las calles sin que tu boca sea vista cuando una gran cantidad de gente aun deja ver sus labios, nos provee a muchos de la seguridad y la arrogancia que en otro tiempos debió tener un aristócrata con sombrero y bastón con pomo de marfil cuando caminaba por alguna calle polvorienta en medio de esa prole tan genérica y despreciable, tan sumida en su ignorancia y falta del entendimiento de las ideas del mundo  de la ciencia, que apenas parecen homínidos, o tal vez lo son, pero tan leperos, que también la imagen podría ser la del Homosapiens en medio de inferiores Neandertales, o la de ser parte de la corte del Luis XIV o mejor aun ser Luis XIV, pesando por Paris sabiendose en la cima de la perfección, un ser prácticamente divino, el rey sol, lo que por cierto también evoca la imagen de un Akhenaton que anda en una barcaza ceremonial  con lo brazos abiertos entendiendo a Aton el disco solar, mientras los esclavos o simplemente depauperados no logran entender nada, y solo les queda la seguridad de su desprecio de clase inferior, al que de la noche a la mañana le cambiaron su comprensión del mundo y se quedaron obsoletos. Pero si una tela, da esa seguridad ante los inferiores, también otorga un reconocimiento a quienes son tus iguales y se merecen tu respeto, una idea ya muy estudiada por el mundo militar, la antropología social y el mundo de la moda, pero que en esta ocasión añade una mayor transversalidad. El rico y el pobre, el burócrata y el freelancer, el guapo y el feo, se pueden conectar como personas que se cuidan y cuidan a los demás. No se trata de que se vuelvan amigos, contactos, o conocidos, se trata de que cada vez que alguien empata contigo en esa visión, real o mentalmente otorgas un guiño de aprobación, de máxima empatía y por un nanosegundo axones y dendritas generan una sinapsis social, algo tan bello que aunque está lejos de la química del enamoramiento, vaya que es cercana.También está la dimensión política que en muchas partes del mundo se ha vivido. El tema está tan explorado que de alguna forma se considera superado, ya que se dice que pasamos de la “diplomacia del cubrebocas”  a la “geopolitica de las vacunas”. El uso de esa tela como símbolo de pertenencia a un movimiento y su ausencia por cercanía a otro, es tan ruin y a la vez tan interesante, que es digno de una reflexión pormenorizada que merece su propio espacio.  

Los supervivencialistas en un primer momento se vieron halagados por unas circunstancias que les dieron la razón, aunque lentamente se fueron apagando, pero incluso ellos tuvieron ese raro regalo, más parecido al Ópalo que a los diamantes, que nos otorgó un cambio de vida que nos puso del lado correcto de la historia, ese bello presente no justifica para muchos la gran tragedia vivida, pero cual bocadillo lleno de gluten, nos permitió saborear por un momento un sabor agradable, rico y empalagoso; la superioridad moral.  

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