Sayulita. El turismo que idealizamos.

Querido lector no me mal entienda, no me arrepiento de visitar aquel hermoso pueblo mágico, no cabe ni la primera vez que se hace, ya no digamos regresar. Nadie me ha mentido, siempre he sabido a lo que se va, que esperar y que no esperar, así que cualquier queja en todo caso no es más que una triste autocritica. Y aunque la respuesta de manual es que quizás el que ha cambiado soy yo, lo ignorare para poder ser más claro.

Sayulita tiene un turismo de alto nivel con hoteles boutique que cuestan alrededor de $5000 la noche, ni hablar de la cercana Punta de Mita cuyos hoteles de alto nivel seguido veo, en publicaciones de Instagram de personas con mucho dinero (y que me resisto a llamar influen…), y que honestamente no sé cuánto realmente cueste una noche, es un nivel demasiado fuera de mi acceso. Entonces, descartando esa posibilidad, lo que queda es un turismo de “onda”, que es justo lo que vas buscando, una experiencia básica que de alguna manera se contacta tanto con el medio ambiente y la moda eco friendly: un par de lugares para acampar, casas en renta a través de la famosa aplicación (la mayoría muy básicas), hostales donde se comparte un cuarto con al menos 6 personas, habitaciones tipo Bungalows y alguna otra habitación con baño por ahí, pero siempre pocas. La esencia del lugar es que puedes surfear, tomarte una cerveza y convivir en una villa encantadora lejos de los grandes tumultos (aunque a veces es inevitable en un espacio tan pequeño), y sobre todo dejando fuera aquellos complejos hoteleros enormes, que son el sello (no sé si por desgracia o por suerte) de la cercana Puerto Vallarta.


Gran parte de la vivencia gravita en torno a 2 ejes de belleza, la de las personas,
principalmente turistas extranjeros, mayormente de Estados Unidos y Canadá, que te hacen
dudar si tu perteneces a la misma especie. Es común ver a hombres altos de al menos 1:80,
delgados, fuertes y atléticos (entiendo que surfear demanda una gran condición física),
blancos, pero también negros, de un tono casi azul, que ni en Veracruz cuna de los
afrodescendientes en México, se puede ver. Ni hablar de las mujeres a quienes les dedicare demasiadas palabras en otra ocasión. Y vamos también los nacionales suelen ser gente muy presentable puesto que llegar ahí requiere cierto esfuerzo económico. Ha y no se debe olvidar a aquellos que lo han hecho su fuente de vida, principalmente en bares y restaurantes y que vienen de la reluciente Guadalajara, Tepic y los Altos de Jalisco. Todos ellos en un espacio donde no puede haber lejanía, y hay cierta tolerancia a la proximidad. Por supuesto ningún sueño exótico casi delincuencial cercano al Spring Break, pero puedes tener una conversación breve y amable con gente con más poder socioeconómico sin las credenciales de estar en un curso en la Ibero, o en una maestría en el Tec de Monterrey, ni hablar de la solvencia presupuestal que se requiere para acercarte y practicar tu inglés en Cancún, playa del Carmen o isla mujeres. Insisto no se trata de que todos sean como una familia y estén deseosos de convivir con extraños, se trata de que las líneas de clase que tanto nos dividen, se difuminan un poco. Y todo ello en un ambiente físico donde las personas están en traje de baño aun a 3 cuadras de la playa (contengo mis palabras por miedo a rendirme a una lujuria impropia y políticamente incorrecta).


La otra gran belleza es la playa, que es un tanto equilibrada (aunque eso se dijo hasta de
Acapulco en su momento y sabemos en que acabo), no tiene el encanto de una playa virgen ni mucho menos, no hay tortugas ni caracolas, como en Maruata, pero tampoco tienes el terror de que si te lleva la ola no haya a quien avisarle, ni quien se dé cuenta, aunque a los amantes de esa sensación les quedan cerca algunas otras. Además de que claro hay surfistas, pero las olas rompen con suavidad antes de la costa, por lo que se da el fenómeno de tener a nadadores competentes con tablas a lo lejos, pero una masa de personas que solo desean chapotear a pie de playa. Fácilmente puedes comer un buen pescado y tomar un coctel decente en la arena, pero sin el acoso acapulqueño, claro que hay vendedores y la típica vendimia de ostras, tatuajes de henna y cantantes con guitarra, pero aun en la discutible línea de lo soportable. Una experiencia en un punto medio, entre lo popular bien entendido y la visión elitista de quienes desean ir a un lugar “único”.


Entonces ¿Dónde está el problema?, ¿hay algún problema? Y la respuesta esta en la mentalidad hipócrita que a veces tenemos. Es fácil detestar ese turismo tan fuera de la realidad medioambiental que nos rodea, para obtener una postura de superioridad moral desde la seguridad de no tener acceso a experiencias sumamente costosas. Es el caso de Ixtapa, donde es increíble que a medio día se riegue el campo de golf, cuando por si no fuera una idea tonta en sí misma, se vuelve inverosímil al saber que apenas a unas cuadras, casi centímetros, en las montañas que los rodean y en la cercana Zihuatanejo no hay agua para los habitantes, y solo los más afortunados pueden ser abastecidos continuamente con pipas. Poner por contraste a Sayulita y su ausencia de edificios de más de 4 pisos la enaltece, pero ignora que es muy de nicho. Digámoslo ya; no hay albercas, y faltan regaderas para quitarse la arena saliendo de la playa, se tiene una idealización de un concepto con poco gasto de agua y que desalienta consecuentemente la presencia de niños. Pero para ello a veces caemos en el autoengaño, teniendo a gente feliz de acampar y que no repara en que para bañarte y poder salir a cenar en la noche, debes esperar al menos una hora para que la regadera se desocupe y tener la presión de no tardarte más de 5 minutos, porque la fila te espera y su impaciencia es un infierno callado que musita; apúrele. Y las opciones son igualmente malas, puedes no bañarte si tu visita es de pocos días, o hacerlo a las 3 pm para no competir con nadie, pero olvidándote de la frescura de ir a cenar limpio. En los hostales la situación no es mucho mejor, en las casas sube bastante, pero hay pocas y también hay problemas en los servicios y todo ello bajo un calor de
35° que resulta avasallante. Ya ni hablar de aquellos valientes que deciden instalarse en sitios sin infraestructura pero que son tolerados para acampar al menos unas horas.


Visitas a lugares donde no hay albercas, cuesta conseguir un taxi, faltan baños públicos y es
imposible encontrar un cajero que funcione, debe ser muy bien analizado, porque aun quienes abandonaron hace mucho la actividad física valoran casi por instinto, un sano chapuzón e incluso bañarse con agua caliente en el trópico.


Sayulita pertenece a un imaginario donde los grupos de amigos o parejas amorosas se bastan así mismos para generar una experiencia autentica, noble y primorosa. Lo que en la mayoría de las veces tiene un intervalo de edad para vivirse. Si ya estas fuera del mismo, nunca compaginaste con esa visión, o estas contento y en paz con tu sedentarismo, la conclusión es obvia; no vayas.

El encanto de que nadie se preocupe por recoger las ramas.

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