¿Y si estuviera solo, sin internet, ni cable, tomando un poco de tequila, que escribiría? La respuesta es una variopinta mezcla de sentimientos, todos aparentemente inconexos, pero a la vez profundamente lógicos porque surgen del análisis más neutro posible, casi sin intermediarios porque apenas hay distractores. Por un lado, lo primero que me viene a la mente es porque tuvimos que llegar a esto, ¿porque tenemos que vivir la “fiesta de los pandas”, que necesidad había de pasar por un momento tan complicado? Y justo ahí es donde surge mi primera disyuntiva de expresión. ¿Hablo de lo que me arrepiento ante estas circunstancias o mejor sobre la frustración de ser parte de un momento histórico del que nunca quise ser parte?. Bueno de entrada optaré por lo segundo. Para aquellos que tanto se lamentaban el no poder vivir un momento que fuera un antes y un después en la vida normal de la gente (por supuesto el 11 de septiembre es clave en términos de la geopolítica mundial y el 89 en términos de historia general, pero no representan nada para el hombre común de lo que denomino el «occidente olvidado», América latina). No tengo más que fuertes críticas y profundos reproches. ¿A caso vivir en una trinchera en 1917 era algo tan importante que quisieran vivirlo? Por favor no caigamos en el vicio mentiroso de la » historia para nada» , estar en esa guerra tan interesante como lo es la primera guerra mundial (para mí mucho más que la segunda), no le sirvió de nada al hombre común que lo único que vivió fue la inmundicia de tener que defecar a un lado de las horribles deposiciones de al menos decenas de hombres que jamás quisieron vivir ese infierno o al menos no en la magnitud que se acabó convirtiendo, ni hablar de lo lamentable que fue.
Que no solo se trataba de «un asco», eso era lo de menos. El verdadero problema es que esa miseria podría acrecentarse cuando te dieras cuenta que aquel compañero estaba muerto y que lo de menos eran sus desperdicios, el verdadero problema es que esos seres humanos eran en si mismo basura (por no decir y vaya que me resisto; mierda) basura andante que tenían en la frente un reloj de arena que solo definía la hora en que acabarían siendo ellos mismos una deposición más del mundo. Con muertes no solo deshonrosas (¿en serio una muerte puede ser honrosa?) Muertes estúpidas, vacías del más mínimo significado porque no contribuyeron en nada a una victoria, aunque sea efímera, pero que se les pudiera dar alguna relevancia patriótica (dios mío como si eso en verdad sirviera de algo a las madres que perdieron a sus hijos). No, sus muertes fueron como el desperdicio más banal que dan las palomas a los carros, un desperdicio que hasta choca y molesta porque no significa nada o tal vez solo significa eso. Desperdicio.
En México había personas que hablaban mucho sobre cómo era posible que en 2010 no hubiera una revolución armada, como si no hubiera razones para despertar y levantarnos contra alguna especie de tiranía. Y al ver qué tal cosa no sucedió (más haya de algún evento conmemorativo, pero nunca del nivel esperado) se sintieron defraudados por aquella profecía autoinventada de que cada 100 años «el pueblo se levanta». Pues bien, aquí lo tienen. Su gran momento histórico aquel donde como nunca creímos posible la vida misma se paró. No hubo un movimiento armado que se revelara, fue toda la sociedad la que se detuvo, la que dejó de ser quien era. Irónicamente el gran momento no fue dado por el movimiento o la inercia. Fue dado por la inmovilidad y la pasividad. Por el nuevo estado de la materia: la incredulidad y el escepticismo. La pregunta sería, ¿en serio eso querían? (Vuelvo y me repito) la historia «para nada» para tener la efímera gloria de que «lo vivieron». ¡Dios mío! (Y vaya que hay detractores de la religión, pero es difícil negar que nos deja grandes expresiones de asombro) y ¿de qué sirve? De qué sirve que vivieron el día que hasta los moteles y los prostíbulos cerraron. De qué sirve anhelar vivir un momento histórico si este se vive desde la distancia de la víctima que no toma las decisiones del Victimario. Se equivocaron, así de simple se equivocaron.
